En una familia propietaria de una empresa, conforme se va atomizando el accionariado se producirán diferencias entre los accionistas en todos los sentidos. Unos tendrán formación universitaria; otros sólo la secundaria obligatoria, y otros carecerán de un mínimo de formación. Estas circunstancias concretas no pueden provocar desavenencias y discrepancias entre ellos, porque todos los familiares tienen en común algo: la propiedad de la empresa familiar. Y, por tanto, todos están llamados a conseguir el mismo objetivo: la continuidad de la empresa familiar. La cuestión es que la formación y la implicación de cada uno en la empresa determinarán la percepción de cada uno sobre esa misma realidad, que a su vez estará muy condicionada por la formación que hayan recibido.